Ángel Escorihuela – AE. Vacuno de Pastoreo (Comarca del Aranda, Zaragoza)
Ganadería extensiva, territorio vivo, alianza con el cielo.
En la comarca zaragozana del Aranda, cara sur del Moncayo, Ángel Escorihuela, de origen turolense, resiste como el último ganadero de vacuno de la zona. Su explotación familiar, asentada a 1.000 metros de altitud, es un ejemplo claro de cómo el manejo extensivo, el compromiso con el territorio y el respeto al animal pueden ir de la mano para ofrecer una carne de alta calidad, criada únicamente a base de pastos.
Ángel maneja unas 50 vacas de raza avileña, cuidadosamente seleccionadas de su propia ganadería para asegurar que cada generación esté mejor adaptada al terreno y al tipo de manejo. Estas vacas no conocen establos: viven todo el año al aire libre, rotando por las parcelas gracias a un sistema de pastoreo gestionado con cercados eléctricos. Elegir las mejores zonas de hierba para el cebo, sin pienso ni cereales, es parte de una estrategia que favorece la regeneración de los pastos, mantiene la calidad de la alimentación del ganado y evita el deterioro del suelo.
La alimentación es tan natural como sencilla: pastos, sal y minerales, sin insumos externos. El resultado se plasma en una carne que Ángel comercializa a través de su marca registrada “AE. Vacuno de pastoreo”, mediante venta directa desde la propia explotación, cerrando el ciclo entre quien cría y quien consume.
Pero su labor va mucho más allá de la producción. Esta ganadería forma parte activa del proyecto impulsado por la asociación ACOBIJA, que trabaja en la recuperación del Hábitat Natural Alimentario para especies carroñeras de interés comunitario. Gracias a este tipo de explotaciones, donde los animales viven al aire libre y se fomenta la muerte natural y el retorno al ciclo ecológico, se reconstruyen las alianzas ancestrales entre la ganadería extensiva y aves necrófagas como el buitre leonado, el alimoche o el quebrantahuesos. En una tierra donde el silencio rural crece, Ángel mantiene viva una práctica que no solo da alimento a las personas, sino también a la biodiversidad.
Vivir y trabajar en el mismo pueblo donde pastan sus animales, siendo el último ganadero de vacas, no es un gesto cualquiera. Es un acto de compromiso. Con la tierra, con su comunidad y con una forma de hacer ganadería que, más que desaparecer, necesita ser reconocida, valorada y multiplicada.