Jesús María Martínez Rojo – Villanueva de Alcorón (Guadalajara)
Pastores del Alto Tajo: sostener el paisaje, fijar vida
En pleno Parque Natural del Alto Tajo, Jesús María Martínez Rojo dirige una de las pocas ganaderías de ovino extensivo que aún resisten en este territorio de montes, lomas y barrancos. Con un rebaño de 925 ovejas cruzadas seleccionadas por su resistencia al clima duro y su fortaleza física, esta explotación representa una forma de producir alimento basada en el conocimiento del entorno y el compromiso con el medio rural.
Las ovejas pastorean a diario, incluso cuando la nieve cubre el suelo y el pasto se esconde entre los matorrales. Solo las madres próximas al parto o recién paridas descansan unos días en la nave, aunque muchas regresan al campo en cuanto el tiempo lo permite. Jesús María practica un pastoreo rotacional planificado, guiado por perros y con apoyo de collares GPS, eligiendo zonas de pasto según su estado y capacidad de regeneración, sin sobreexplotar el territorio.
La ganadería se extiende sobre unas 10.000 hectáreas, en su mayoría terrenos públicos y barbechos. Sin embargo, el día a día no es fácil: el creciente número de herbívoros silvestres —ciervos, gamos, corzos— supone un grave problema, ya que arrasan los cultivos destinados al rebaño. Como medida de protección, cada parcela debe cercarse con pastor eléctrico, lo que conlleva un esfuerzo adicional que pocas veces se visibiliza.
La producción se centra en carne de cordero lechal o cebado. La mayor parte del cebo se realiza en la propia explotación, donde los corderos se alimentan con leche materna, piensos comprados y forrajes de producción propia, representando estos últimos más del 70% de su dieta. El vínculo con el campo y los recursos propios es constante.
Más allá de la producción, esta ganadería tiene un papel fundamental en el mantenimiento del territorio. Con su pastoreo, colabora en la prevención de incendios forestales y mantiene viva la red trófica que sostiene a las aves carroñeras del parque, como los buitres, al ser una de las pocas explotaciones ganaderas que aún operan en la zona.
Pero quizá uno de los impactos más valiosos es el social: la persona contratada para ayudar con el manejo vive en el pueblo con su familia, y gracias a sus tres hijas, la escuela rural del municipio permanece abierta. Así, esta ganadería no solo produce carne, sino que sostiene servicios esenciales y vida en un pueblo que, sin proyectos como este, estaría más cerca del abandono.
Ganaderías como la de Jesús María son piezas clave en la defensa de una alimentación conectada con el territorio, con el bienestar animal y con la vida rural que queremos proteger.